Las puertas del Old Bailey

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Cuando despertó, todo seguía allí. La silla repleta de ropa amontonada bajo las directrices del orden más esquizofrénico. La ventana, que enfocaba directamente a un muro de cemento con las típicas grietas causadas por la humedad, también seguía allí. Su desgana. Comprobó que el escritorio seguía de resaca y que la guitarra había aprendido a encajar los golpes arrancándose el La. El pasillo, como la calle del Pañuelo, era un océano claustrofóbico. Continuaba goteando la cisterna y el reloj de muñeca se encerraba sin llave en su caja para chillar las horas y advertir que el tiempo se iba. Que el tiempo seguía allí.

Todo lo que amanecía a su lado no era más que la acumulación de las histerias rotas bajo el choque de las placas tectónicas de su suerte. Había aprendido a contar cuentos a sus pesadillas para poder dormir encajado entre las sábanas. Desayunaba las crónicas más deprimentes de su juventud. Desayunaba el triunfo de los mediocres adornado con el ego absurdo de los que se saben inferiores. Pero qué bien lo ocultan. La bipolaridad seguía enmascarada bajo la ropa y su voz no era más que el recuerdo de aquél instrumento con el que una vez conquistó a una chica. El sonido del bajo se agudizaba cada vez más. Se encontraba bien. Tan maravillosamente bien como para no caer en la cuenta de que la alegría era caprichosa hasta rozar la crueldad. La alegría no se tiene, se gana.

Cuando despertó, aún no había amanecido. La silla se encontraba debajo de la ventana y ésta enfocaba a las puertas del Old Bailey. La señora justicia parecía dedicar sonrisas, como asumiendo que sí, que era cierto. Que se estaba tomando un descanso. El pasillo no existía y la cama ocupaba los dos tercios de la habitación. La ronquera de Tom Waits aún no se había dado cuenta de que la hora de amenizar la velada hacía tiempo que pasó. Los días de blues te los agradecen las venas, que ya no saben cuánto más van a crecer. La única lámpara del cubículo se fusionaba con el polvo del aire y juntos hacían las veces de sábanas. Hacía tiempo que las noticias no le interesaban y la mesilla de noche no era más que un conjunto de vasos, dos biografías y un cargador. Debajo, dos zapatos rojos. No tenía escritorio. No había máquinas de escribir preparadas para quemar el papel con palabras no habladas. No recordaba escribir. Sus rodillas no eran más que el recuerdo de sus rodillas y había aprendido a amar más el montaje de la película que la trama. Volaron los pájaros y los carroñeros siguieron haciendo lo suyo entre las arrugas de los huesos. La vida, gracias a Dios, dejó de ser la colección de tópicos que tantos y tantos aprendices de todo y maestros de nada pretenden hacer suyos. La vida era suya.

Cuando se acostó, exhausto, ella también seguía allí. Como hacía desde el día en que él la engañó con promesas de amor infinito y una vida plena. Las vidas que no vivirán se convirtieron en el mejor recuerdo distópico de un imaginario dual. Pero qué bien lo hacen. Vencer el pulso de la vida es ganarse una plaza en el último barco que zarpe a las costas de la alegría más imperecedera y las promesas sólo sirven si se convierten en algo tangible. La vida les pertenecía.

Cada noche bailaban un poco antes de dormir, sólo para no perder la práctica. Sólo para demostrarse a sí mismos que aún podían hacerlo.

El país de los abrazos infinitos

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Les hablaré, si me permiten, del país en el que vivo. No me pidan que revele el nombre pues es demasiado pequeño como para ser nombrado. Tampoco pretendan que les muestre una dirección o seña para que puedan dar con él, pues sólo yo conozco su existencia. No vengo a hablarles del País de las Maravillas, ni del País de Nunca Jamás, ya que, si bien son zonas vecinas a la mía, las estrellas de éstas ni siquiera iluminan como las de mi nación.

La historia de mi país, como casi todas las historias que merecen la pena, comienza en medio de un abrazo. Justo en el preciso momento en el que dos personas solitarias se funden bajo el Puente de Barcas. Las manos suelen entrelazarse en momentos de ese tipo, y las sonrisas buscan aparecer en los rostros de aquellos valientes que desafiaron el frío para crear esta nación a la orillas del río. Es en ese momento cuando el mundo se expande hasta límites insospechados, y, pobre de mí, ni siquiera fui consciente de lo que estaba pasando. Pero poco a poco conocí que sólo en este vasto territorio la alegría campa a sus anchas y se regodea de aquellos infelices que valoran su vida en función de cumplir o no cumplir unos sueños y deseos imposibles… Y no en función de cuánta felicidad son capaces de crear en otra persona.  Y es que la vida araña muy dentro si piensas que la mitad de la población está condenada a vivir de mareos, pero sabes que la otra mitad se jugará el peinado si así consigue amansar a las fieras. Que vivir de frente siempre trae buenos resultados, y la suerte de amanecer cinco minutos antes del sonido de la alarma para alegrar mañanas no la tiene cualquiera. Si buscas bien y aprendes a levantar la mano, conocerás un sinfín de taxis oportunistas que salvan caminatas sobre un suelo que, si bien es de cristal, no es apto para espaldas dolidas. Una nación de bolsillos vueltos del revés gracias a que la moneda de cambio son los besos mañaneros con sabor a café. Donde la historia se escribe día a día y la verdadera importancia de la confianza rivaliza con el dolor y las lágrimas. Banderas de sábanas cuyos himnos son demasiado estridentes como para ser cantados en público (aunque sí entonados). Repito: Aquí las fieras están tranquilas… Hasta la noche siguiente.

Bien es cierto que los impuestos son elevados, pero por vivir aquí merece la pena estar una semana durmiendo en un colchón sin muelles, además de despertar con el cante de los constructores de sueños. Y es de noche, sobre las 00.00, cuando es frecuente divisar debajo del balcón a Insomnia luchando porque Oniria no se duerma, y si aguantas despierto lograrás ver que, efectivamente, Oniria comienza a soñar. Y es en este momento, cuando la población sueña despierta, donde imaginar se convierte en el mejor de los deportes. De esta forma, es sencillo divisar un futuro en el que tu mundo viaje hacia Londres, Montevideo o Singapure. Un instante en el que luchar por preservar tu historia pasa por dejar tu presente a un lado, y comenzar a relatar ensayos en coreano. Y así, cuando la imagen de cuatro personas aparece en la mente del soñador, el deseo de que la bucólica estampa no desaparezca hace que los ojos se cierren con fuerza, buscando no despertar.

Pero lo hace. Y ahí está esa maravillosa nación, bailando sobre el colchón, riendo a carcajadas y buscando fervientemente las cosquillas a la almohada. Esperando que luches por conservar esos momentos y que hagas de su risa tu melodía favorita. Guárdala para ti y tararéala en los momentos difíciles, cuando su frente se apoye en tu pecho y el único consuelo sea volver a crear un nuevo mundo a partir de un abrazo infinito.

Happiness is a warm gun

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“En el inicio y el final de un trayecto siempre hay una emoción”

Odio la felicidad. No el sentimiento en si, sino el concepto. Siempre he defendido que es física, psíquica y socialmente imposible ser feliz. Puede que os resulte impactante e incluso impertinente pero es lo que hay, señorías. Disculpad mi osadía.

Siempre me he sentido brutal y volcánicamente unido a la Alegría, uno de los sentimientos básicos del hombre. ¡Ojo! Existe. La Alegría está viva dentro de ti y de mi, pero no hace más que jugar al escondite. ¿Que por qué lo hace? Joder, hablamos de la Alegría, no de su incompetente colega el señor don Aburrimiento. La Alegría, a pesar de todo, es fácil de hallar. “¿Cómo cojones?” Os estaréis preguntando. ¡Pues muy fácil! La Alegría se esconde en las pequeñas cosas. No, no es un eslogan de Coca-Cola. Las cosas pequeñas molan. Os pondré un ejemlo: Es más fácil buscar la Alegría en cosas tan “pequeñas” como una puesta de Sol. Supongo que habrá alguno de ustedes que sea fan fatal de las puestas de Sol. Yo también lo soy… No hay nada más grande que esa cosa tan peteña descendiendo por el horizonte. Bueno… Puede que tu y yo si que lo seamos.

Hay quien dice que para ser feliz hay que tenerlo todo. Otros dicen que la felicidad es la unión perfecta de todas las alegrías (en minúscula). Hay quien solo busca que le tiemblen las piernas, y me se de un par que desprecia a la Alegría llamándola “la hermana pequeña de la risa”. Muchos dicen que no existe y otros tantos sostienen que la felicidad y la Alegría son la misma puta cosa.

Y yo, borracho de Alegría como estoy digo que da lo mismo. Que para ser feliz no hay que pensar en la Felicidad, que todo viene solo si tienes a tu suerte de tu lado. Que las peteñas cosas, como tu y yo, son tan grandes que ellas mismas podrían recibir el nombre de Felicidad, Alegría, o “ya era hora, joder”.

 

Pues eso

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Esas veces en las que el mar azul se corta sin que te des el chapuzón. Cuando sin motivo aparente los ríos desbordan y por más que lo intentas no puedes cogerlos con las manos. Esos precisos momentos en el que el cielo se viene abajo y rozas los nubarrones con el flequillo. Cuando el altavoz cojea por el cortocircuito del aire y la frente golpea la ventana esperando encontrar algún cristal que sostenga el huracán de cañerías. El plástico, perfectamente alineado, tampoco es capaz de fundirse en blanco y negro, con lo sencillo que es. Las carreteras bombean humo de una densidad tan grande que te ruboriza. Y el tocar las castañuelas a las 2.08 de la mañana no puede ser una puta casualidad. Que los mapas siguen estando hechos para ser recorridos primero con los dedos sobre el papel y luego con los pies sobre los monumentos. Ya sea en diciembre o en febrero el salto transoceánico se hará, pero los eneros del mundo piden a gritos diez oportunidades para demostrar que si a veces el mar azul se corta es porque no es mar, es cielo, y está hecho para ser contemplado.

Valiente

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‎”Valiente”, una canción que puede ser tu hogar en los momentos bajos, tu apartamento de verano en los ratos de escapada, tu garito de colegas en los viernes de espuma y hielitos. Corea, por el amor de dios, como si no hubiera sucedido nada ayer, como si nada pasara mañana, como si sólo nos quedara un hoy difuso envuelto en estribillos de mazapán navideño.

 

Origen

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Si tenemos en cuenta que la vida es un carnaval, no hay mejor máscara que tu pecho. ¡Y a tu alegría pongo por testigo, vaya! Es verdad que sigo siendo tan bajito como ayer, pero me han regado los pies 17 veces, y aunque no soy fan de los ríos, los salto de puente en puente y tiro porque me toca. También reconozco que me sigo olvidando de que un folio puede volar si lo conviertes en avión, pero sé que si lo recortas obtendrás la silueta más maravillosa de tu cama. Como podrás comprobar, soy un listillo. Un bocas. Un caradura. Un pegoso… Pero tendrás que reconocer que si no fuera así, jamás te habrías lanzado a la playa y bebido el reloj. Si. Ese reloj. El reloj que se paraba, ¿recuerdas? Lo cambié hace tiempo. ¡No te asustes! Conseguí arreglarlo y empezó a darme la hora, pero me aburrí de saber los minutos y los segundos exactos. Es mejor no saber a la hora a la que vamos a llegar a casa esta noche, ¿no? Así que como el reloj se partió en tu cama, me anudé tus sábanas a la muñeca y ahora me guío por momentos. Correcto, por momentos… Por momentos correctísimos, de hecho. Esos momentos en los que los bichos deciden perder el culo por los valientes de pacotilla creando paisajes de canciones encendidas y papeles azucarados. Maldita dulzura…

¡Tortugas! ¡Que el frío ya está aquí! Ve preparando el gorrito y la bufanda que la luz de gas del paseo de la alegría nos recibe dando saltos, bailando y atornillando la base del cohete espacial. Yo ya estoy despeinándome como debe ser, comprando carbón, tirando la cueva y cogiendo altura. Yo sé (porque te conozco como si te hubiese conocido hace tres años) que vas por la vida borrando las fotos que salen mal. Lo sé, ¡a mí no me engañas! Es por eso que me veo en la obligación de contarte que por más que le des al botón rojo, jamás olvidaré el empeño que pones en hacerme ver que la Actividad más normal-Para mí es vivir en tus pies. Reconozco que he enfermado de gigantismo y que soy un cabezón. Reconozco que mis calcetines se me han quedado pequeños y que doy miedo cuando me cambia la cara. Podría llegar a reconocer que no tengo ni idea de cómo cocinar y que me estás enseñando a preparar café o vida. Si me apretaras un poco más reconocería que ya no se andar por la calle correctamente. Que ni siquiera sé a dónde ir sin mi mapa. Que abuso de la palabra “que” y que me gusta esa zona Sevillana tan independiente. Reconozco que no me gusta saber qué va a pasar mañana aunque me muero por saber que pasará en Enero. O no. No. ¡Mejor no saberlo! Y es que siendo tan gigante como soy he aprendido a hacerme un ovillo y ocultar mi media sonrisa en tu espalda. Tan gigante como soy y se me lengua la traba cuando me vuelvo morado, verde, amarillo y piel. Tan gigante como eres que respirar se me antoja el mejor regalo del mundo. Que soñar siempre fue importante, y a partir de ti, soñar se ha hecho el origen y el fin de todos los momentos señalados con fosforito en nuestro calendario.

Estás esperando un tren, un tren que te llevará muy lejos. Sabes dónde quieres que ese tren te lleve, pero no dónde te va a llevar. Pero no te importa… Porque estaréis juntos.

El patio de mi casa

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Pájaro mojado, se ha posado en un farol.

Ha llegado sin aliento con el viento a su favor,

El invierno se hace barro y frena

su movimiento

Tarde de verano con zapatos de charol

Puede que se suelte el pelo y acompañe con su voz

Sale magia de un sombrero en forma

De tiburón

Abren las terrazas, se ponen al día tu cuerpo y el calor

Se vuelve tu cintura la puerta de mi casa

Sexo huracanado en la entrada y el salón

Puede que me envuelva entero

O me arranque de un tirón

la coraza que me tiene anudado

el corazón

Abren las terrazas se ponen al día tu cuerpo y el calor

Se vuelve tu cintura el patio de mi casa